A pesar de que el año pasado, más o menos por las mismas fechas, ya había pasado
por casi el mismo itinerario para llegar a Japón no recordaba muy bien (o quise borrar de mi mente) el palizón que supone recorrer medio mundo enlatado en el asiento de un avión unas 12 horas tras pasar por una escala europea. Aunque merece la pena porque sino no sería la tercera vez que lo hago. Y todo este rollo es para comenzar a contar como ha sido el último viaje lleno de anecdotas, buenos momentos y algo estresante (todo hay que decirlo) a Japón. Así empezó la historia…
Salimos sin contratiempos desde el aeropuerto de Palma de Mallorca rumbo a Munich sobre las 9 de la mañana tras intentar convencer a la amable señorita de facturación
para que nos pusiera los asientos juntos y, por supuesto, fue imposible. Así que 2 horas más tarde nos encontrabamos en la terminal 2 del aeropuerto Franz Josef Strauss de Munich haciendo tiempo para subir a un Airbus 343 de Lufthansa.
El cansancio ya empezaba a dejar huella en el grupo. -¡Y lo que nos espera!- pensé. Además las más de 4 horas de diferencia entre vuelo y vuelo daba rienda suelta al aburrimiento hasta que llegó el momento de comer. Nos metimos en uno de los restaurantes de la terminal y para no arrisgar demasiado pedimos unos platos combinados, unos de salchichas y otros con carne asada (o algo por el estilo) junto a la reglamentaria jarra de cerveza alemana los que bebían.
Así comenzamos a poner en práctica el inglés (porque alemán ni papa) un poco oxidado por la falta de ejercicio hasta que la camarera de turno nos suelta un par de frases en español -¡Acabáramos! ¡Haber empezado por ahí y nos hubieramos ahorrado el sufrimiento…!-.
Llenos los estomagos y recuperadas las energías,
se acercaba la hora de coger otro avión y nos dirigimos a la puerta de embarque donde la fila de pasajeros ya cruzaba un pasillo. La cola fue avanzando y al acercarnos al mostrador la azafata japonesa en perfecto alemán nos dijo que nos esperaramos. Nos señaló que nos apartaramos hacia un lado y siguio atendiendo al resto de pasajeros que entraban en el mismo vuelo. -¿Pero qué pasa? ¡Si todavía no la hemos empezado a liar y ya nos separan!- Al final comprendimos que tenía que registrar los datos del pasaporte a través de un escaner, que no siempre funcionaba a la
primera, cosa que hacía según pasaba la gente (esto pasa por no tener billete electrónico). Pasado el susto inicial conseguimos entrar en el avión que nos llevaría a la capital nipona.
Me fue imposible dormir así que el único consuelo que había era ver las películas que daban en los monitores y que podías cambiar a español “neutro”. De vez en cuando nos dabamos un paseo hasta los baños para estirar las piernas y volviamos. Así durante 12 horas muuuuuy laaaaargas.
Una vez superado el trauma del avión, la mayoría sin dormir y alguna con las piernas hinchadas, al final llegamos a las 11:00 del día siguiente al aeropuerto de Narita. El tramite en inmigración fue muy rápido a pesar de que el nuevo sistema de captura de foto y huellas digitales que se implantó el año pasado auguraba lo contrario. Salimos a recoger las maletas que llegaron casí mejor que nosotros y tras pasar el control de la policia sin problemas, por fin, nos encontrabamos en Tokyo, capital del País del Sol Naciente!! Wellcome to Japan! Nihon ni Yokoso!
Lo que pasó después lo dejo para próximas entregas…




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