Llegamos a Kyoto en menos de una hora desde Himeji con el Hikari. Eran alrededor de las 17:00h y no teníamos muchos planes excepto registrarnos en el Ryokan que habíamos reservado.
El Ryokan Matsumoto estaba situado justo en frente de la estación principal de Kyoto así que nos fue muy fácil llegar. Una vez pagada la habitación de estilo tradicional japonés nos descalzamos en la entrada y subimos a dejar los trastos y descansar un poco los pies. Después de asentarnos en nuestras habitaciones, descubrir los futones en los que íbamos a dormir las próximas 2 noches y hacernos las fotos de rigor nos reunimos para organizar lo que nos quedaba de día. -”Podemos tirar de guía a ver que es lo que nos recomienda hacer…“- estuvimos comentando. Hojeamos una de las guías que habíamos traído y ponía que era muy recomendable la visita al Paseo de los Filósofos sobretodo al atardecer. Pues estaba decidido, nos pusimos en camino hacia allí cuando ya empezaba a atardecer.
Cogimos el metro hasta la estación más cercaba y empezamos a caminar y caminar y caminar hasta que llegamos a lo que parecía en comienzo del paseo de los filósofos (哲学の道 Tetsugaku no michi). Era un paseo al lado de un pequeño canal de agua con árboles de, lo que se supone, eran sakura todavía sin florecer. Empezamos a adentrarnos en el camino que cada vez se hacía más oscuro en el que no había ni un alma rondando por la calle. -”¡Nos habremos equivocado de lugar!“- pensamos pero seguimos caminando siguiendo el canal cuando ya era completamente de noche por el barrio peor iluminado de Kyoto y cagándonos en la guía y en su “simpático” (por no decir nada grosero) autor. -”Lo mejor es visitarlo al atardecer…“- ¡Sí claro y tu madre qué tal!
Dejando atrás el mal rato que pasamos hubo un momento en que nos reímos ya que, por casualidad, nos cruzamos con un señor en bicicleta de camino a su casa con un par de copas de más. Según se iba acercando a nosotros por el otro lado del torrente (imagino que se puso nervioso al ver a tanto extranjero junto por una calle tan oscura) empezó a dar tumbos al intentar girar por un callejón y se comió todo el muro acabando la bici por un lado y él por otro (intentamos no reírnos, lo juro). Trató de incorporarse y coger de nuevo la bici cuando volvió a tropezar con los pedales y casi vuelve a besar el suelo. Al final consiguió, no sin problemas, girar la calle y desapareció en la oscura noche que nos envolvía como alma que lleva el diablo.

Cuando nos hartamos de caminar por el dichoso paseíto de los filósofos cogimos la primera calle que parecía llegar al mundo civilizado con sus luces, sus coches y demás hasta encontrarnos con una parada de autobús que nos devolviera al hotel donde prepararíamos la sesión de voodoo contra el autor de la guía que nos había llevado hasta allí (¡es broma!).
El ambiente estaba caldeado después del incidente (no lo voy a nombrar más) por lo que nos costó decidir donde cenar aunque todo se arregló con un buen okonomiyaki como podéis ver en las fotos.
Hasta aquí el tercer día de nuestro viaje a Japón. ¡Próximamente más y mejor!








Comentarios